El 11 de abril de 2026 se realizó un ejercicio de escritura con las personas que participaron en la búsqueda e identificación del Bosque Corretjer, ubicado en el barrio Frontón de Ciales dentro del Área Natural Protegida que hoy custodia Para la Naturaleza. A partir de sus experiencias en campo y de los procesos de memoria que guiaron la búsqueda, cada participante escribió un relato personal. Los textos que siguen son el resultado de ese ejercicio colectivo.
Buscando el Bosque Corretjer
Mónica Rodríguez
En 2024, durante una de mis visitas al Museo Biblioteca Casa Corretjer en el pueblo de Ciales, me topé con un módulo educativo publicado para una de las Cantatas Corretjer. Entre sus páginas, una llevaba por título “Árboles para Consuelo”.
De inmediato le pregunté a Milagros y a Mirta —voluntarias del Museo Corretjer— qué significaba esa frase. Milagros me respondió que se trataba de árboles que habían sido sembrados en el Bosque Corretjer.
¿Qué es el Bosque Corretjer? ¿Dónde está localizado?
El Bosque Corretjer es un bosque ubicado en el barrio Frontón de Ciales, en los terrenos que pertenecieron a Tato y Marta —fundadores del Museo Corretjer— y que hoy forman parte de las áreas naturales protegidas por Para la Naturaleza.
Junto a Ricardo y Camila, decidimos ir en su búsqueda.
Milagros y Mirta me contaban del bosque: las especies de árboles que se sembraron, las áreas que recordaban, por dónde entraban y caminaban, cómo pasaban cerca de un glacis. También me mostraron fotos de las siembras, donde se veía un mogote al fondo del paisaje. Yo, a su vez, le compartía a Ricardo y a Camila estas historias. Con esas anécdotas como pistas, nos adentrábamos en el bosque. Buscando los árboles. Porque si encontrábamos los árboles, encontraríamos el bosque.
Así pasamos varios meses: entrando, caminando, observando.
Un día, mientras Ricardo y yo recorríamos un área del bosque, nos detuvimos a observar e identificar los árboles con la ayuda de Alcides. Pudimos reconocer yagrumo, moral, santa maría, capá prieto y roble nativo—especies que Milagros y Mirta recordaban que habían sido sembradas por niños y niñas de Ciales durante las Cantatas Corretjer. Pensamos entonces que habíamos encontrado el bosque.
Pero no fue hasta que, en una conversación con Rafi, surgió una nueva pista. Ricardo me llamó para contarme que Rafi había participado en una de las siembras y recordaba que el Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico donaba árboles a la Casa Corretjer para estas actividades. También recordaba el área donde se realizaron algunas de las siembras, y en particular, la siembra de un árbol de carbonero.
Con esta nueva información, regresamos al bosque, esta vez siguiendo las pistas de Rafi y en busca del carbonero.
Durante esa caminata encontramos un árbol de carbonero, una palma real, un moralón, entre otras especies, que Milagros y Mirta también recordaban. Además, usando una de las fotos que Mirta me había compartido —en la que se veía un mogote al fondo— logramos identificar ese mismo mogote en el paisaje.
Estamos casi 100% seguros de que encontramos el Bosque Corretjer.
Gracias a Milagros y a Mirta, quienes han cuidado —y continúan cuidando— la memoria de Juan Antonio Corretjer y de su esposa Consuelo Lee Tapia, así como la historia de las siembras del Bosque Corretjer. Gracias a su labor generosa, hoy estamos aquí, en el Bosque Corretjer: recordando, compartiendo y reconectando con la naturaleza.
Los descendientes de la conservación
Ricardo M. Rodríguez Rodríguez
Extractos de una aventura en búsqueda de un bosque creado para inspirar y promover la conservación. Para mediados del año 2024 recibí la petición de colaborar en la búsqueda e identificación de un área dentro del espacio que hoy ayudo a proteger llamado Área Natural Protegida Bosque Corretjer. Rápidamente acepte el reto de identificar este lugar sin aún darme cuenta de que el nombre de esta área natural protegida es gracias a los esfuerzos de crear el bosque que nos tocó redescubrir. En la búsqueda del pasado logramos encontrar más que los árboles sembrados, encontramos a sus descendientes. Árboles que crecieron a partir de los esfuerzos de reforestación que ocurrieron hace más de 20 años. Como todo buen explorador lo primero que sucedió para llegar hasta este lugar en donde me encuentro hoy escribiendo fue perdernos. Recuerden “perderse con un objetivo claro de búsqueda, sigue siendo perderse”. Al adentrarnos al monte con unas pocas pistas descriptivas del lugar lo que ocurrió fue que descubrimos mucho más de lo anticipado. Con una breve lista de los árboles plantados, (yagrumo, mango, capa prieto, carbonero, etc.) monte adentro, lo que nos recibió fue un extenso y desarrollado bosque con innumerables especies de árboles.
La terca insistencia de buscar el bosque
Camila Marambio
¡Vamos!, le dije a Mónica cuando me habló de buscar la siembra hecha por niñes durante las Cantatas de Corretjer hace más de dos décadas.
Nunca he necesitado una excusa para ir al bosque. Sentir su frescor, escuchar sus voces, oler su verdor, movernos dentro de su respirar — son y serán como se cultiva la pertenencia. Pertinencia.
Pero este ejercicio —buscar un bosque dentro de otro— tenía otro matiz: emocionar la memoria. Así lo nombró el poeta cialeño Juan Antonio Corretjer en una dedicatoria a su compañera de vida, la poetisa Consuelo Lee Tapia.
La memoria, esa cosa frágil que, si no se ejercita, se quiebra. Y la manera más certera que conozco de hacerlo es regresar a la tierra. Tenderse sobre el suelo, mirar las copas de los árboles, practicar la muerte. Reciclar la cuerpa-memoria con la de quienes vinieron antes, les ancestres. Aquelles que supieron que sembrar sombra es continuidad.
La humanidad existe dentro de unos grados de temperatura. Una franja estrecha, apenas dos grados de margen entre lo habitable y lo irreversible, temporalmente estable, dentro de la cual hemos podido reproducirnos y recrearnos. Sabemos que unos grados más, y todo lo que llamamos hogar se transforma — y nuestra especie peligra. Es un asunto de temperatura. De temperamento.
Por eso, hoy, mañana y pasado, debemos regar el bosque por venir. Seguir buscando los códigos que habitan el paisaje para abonar el mundo.
La historia reparativa se sirve de los archivos: fotos, documentos, relatos orales. Y eso fue lo que hicimos: seguir las fuentes. Gracias también al metabolismo de Ricardo —su apertura, su curiosidad— jugamos a volver una y otra vez.
Nos orientamos al pasado para fortalecer el sueño de la vida y abrir el próximo cuaderno. Haciendo que nuestros pasos resignifiquen la conservación como una forma de reintegrarnos al pensamiento circular.
Este también está en peligro de extinción.